Dentro del movimiento general del Modernismo, y
compartiendo muchos rasgos con la llamada tendencia esteticista, se halla la Generación del 98, que
abarca un grupo de grandes autores y una larga serie de allegados
caracterizados por sus inquietudes filosóficas, acordes con el existencialismo
que domina la filosofía europea del momento, y sobre todo por una actitud
crítica sobre la situación española del momento, lo que motiva el tratamiento
del llamado “problema de España”.
En cuanto a su temática
filosófica, reflexionan sobre el sentido de la existencia, la personalidad
individual o la presencia de Dios en la vida del hombre, buscando una nueva
religiosidad como alternativa del catolicismo convencional. Y en cuanto a sus
inquietudes sociológicas, denuncian la decadencia en la que se encuentra sumida
España y analizan sus causas así como al supuesto “glorioso pasado” con el que
se la compara. Proyectan la idea de la regeneración de España, con un cambio profundo
en las estructuras sociopolíticas, y dan lugar a la idea de las dos Españas: la
tradicional, anclada en un pasado, y la joven, la que mira al futuro con
esperanza.
Constituyen, en suma, el
arranque intelectual y político de la
España contemporánea que se vería frustrado con el final
violento de la
Segunda República.
Su estilo
es común con el Modernismo y, tanto la poesía como la prosa noventayochistas se
inclinan por la sobriedad, que busca la originalidad y la expresividad, de
manera que cada uno de los autores posee un estilo propio inconfundible, llano,
asequible y al mismo tiempo de elevada calidad literaria.
La nómina
establecida de este grupo es la siguiente: Miguel de Unamuno, Pío Baroja,
Ramiro de Maeztu, José Martínez Ruiz “Azorín”, Antonio Machado. A veces se
incluye a Ramón del Valle Inclán, cuya personalidad encaja mejor en el
Modernismo esteticista, y con más motivo a Ángel Ganivet, prosista de talante
noventayochista pese a su muerte prematura el mismo año 1898.
Los dos géneros más importantes
desarrollados por el grupo son el ensayo y la novela. No fueron capaces de
implantar una forma propia de teatro, aunque sí de poesía, en las obras de
Machado y Unamuno.
La novela supone, tal vez, la
aportación más interesante y novedosa de la Generación del 98 en la
literatura española de su tiempo, creando la novela existencial, donde del
héroe se enfrenta consigo mismo, por descubrir su propia personalidad. Muchas
de estas terminan con el suicidio del protagonista o en estado de postración
moral, decadencia anímica y espiritual, llamada abulia.
Miguel de Unamuno (1864-1936) es el
escritor más representativo de la
Generación cuya obra literaria participa de todos lo géneros
literarios, además del epistolar, y es ante todo expresión de su personalidad
atormentada, determinada por su biografía personal.
Algunos de sus ensayos expresan
su atormentada vida religiosa, como Del
sentimiento trágico de la vida o La
agonía del cristianismo.
Teoriza sobre la novela,
consciente del cambio que representa la nueva novela existencial. Le llama
“nivola” y “agonista” al protagonista, y prescinde de descripciones paisajistas
y costumbristas, ya que se sirve de un espacio abstracto. Destacan sus obras La tía Tula, Niebla, San Manuel Bueno
Mártir.
También se sirvió de la poesía
para expresar sus inquietudes espirituales, como hizo en El cristo de Velázquez, o en su Cancionero,
especie de diario poético.
Pío Baroja (1872-1956), es el mejor novelista del grupo y uno de
los mejores y más prolíficos cultivadores del género del siglo en España.
Cultivó, primeramente la novela crítica naturalista en La busca, la existencial en Camino
de perfección, y combina las dos tendencias en su mejor obra, El árbol de la ciencia. Posteriormente
cultivó un tipo más personal de novela, próxima a la novela de aventuras, en Zalacaín el aventurero.
José Martínez Ruiz “Azorín” (1873-1967) hace notar su inconformismo
en su juventud en sus artículos reunidos en La
Andalucía trágica,
y el más moderado o conservador en su madurez, cultiva un tipo muy personal de
ensayo en el que, sobre todo, recrea los paisajes y las figuras del pasado
histórico y literario españoles, como vemos en La ruta de Don Quijote, Clásicos
y modernos, etc.
Como novelista, destaca su
trilogía protagonizada por su trasunto Antonio Azorín, del que toma su
pseudónimo.
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